3º Premio Relato Breve Avafi 2018

3º PREMIO RELATO BREVE AVAFI 2018- XI CERTAMEN

AUTORA:  Mª Ángeles Arrué Balaguer

TÍTULO: Una mirada que calma

Ese trazo no me acaba, es demasiado fino y se perfila desgalichado y algo desganado y, no es porque yo me sienta así, he de decir que cuando tengo en la mano un lapicero siento una calma inmensa.

Como cada mañana al salir del colegio, estoy sentado en la silla de plástico con mi actitud taciturna, mi cuaderno y mi lápiz de granito, (me encanta tiznarme los dedos lánguidos),  y es aquí, desde donde me gusta observar a las personas que deambulan por la calle, aquellas que miran o se paran a comprar en el puesto de comida y refrescos  que tiene mi familia. Me divierte ponerles nombres y sobretodo imaginar qué estarán pensando, qué hacen cuando se sienten tristes, qué habrán desayunado, y lo que más me inquieta, es saber o adivinar, qué pueden estar  sintiendo en ese mismo instante.

Bueno…, no me he presentado, a veces puedo resultar despistado, y en ocasiones lo soy, aunque también debo decir que soy una chaval despierto y con muchas ganas de aprender. Mi nombre es Sarad, que significa” nacido durante el otoño” ,tengo diez años, de estatura  mediana  como un Langur, ( mono sagrado para nosotros). Tengo el pelo castaño, lacio y ligeramente alborotado. Quiero resaltar que mis ojos son  almendrados, como dice mi tía y, una peca que se aloja descarada arriba  a la parte izquierda de mis finos labios. Reconozco que me encanta, siento que me da seguridad y  sí os digo la verdad me queda bien, me hace interesante. Creo que soy inquieto; curioso; introvertido; sensible; astuto; majadero y sobretodo, muy observador, sencillo y testarudo. Parezco débil, pero a la vez soy fuerte.

Vivo en Púshkar , es una pequeña población de las más sagradas de la India. Soy el menor de tres hermanos, ellos hacen su vida y a mí me ha tocado aguantar el malhumor de mi padrastro; un hombre alto, con una delgadez extrema; pero con una fuerza física y verbal tremenda. Todos lo conocen por el bigote negruzco que reposa en unos labios finos que lo soportan. Es un hombre frío, nada cercano, al que le molesta todo. Su mirada es fulminante.

Hoy es sábado, mi día preferido, ya que suelo elegir cualquier lugar para poner en marcha mi imaginación, hoy, en la estación de trenes. Me he levantado temprano, para bajar a la tienda y  lavarme la cara, ponerme un vaquero, una camiseta y un gorro negro. He cogido mi  cuaderno y lápiz y, sin más, he emprendido rumbo a la estación en bicicleta. Al llegar, tenía la camiseta empapada en sudor, el sol abrasaba. Justo me estaba apoyando y ha llegado el tren. Antes de abrirse las puertas hay gente que se apea dando un salto y se van dispersando hacía un lado y otro, se sientan en el suelo con sus saris, cargados con paquetes, niños pequeños. Conversan. Esperan…

Abro mi cuaderno y hago un barrido rápido. Me llaman la atención muchas personas, pero no me decido por nadie en concreto. No obstante, comienzo a escribir: ”El suelo está frío y sucio, mis pies caminan firmes aunque bastante cansados…”. Levanto los ojos y observo unas piernas muy finas y frágiles, entrelazándose con las manos que se arrastran por el suelo. Es un muchacho de unos trece años, ojos grandes pero tristes, pelo ondulado color negro; desprende algo que no sabría decir, bondad quizá; inteligencia; dolor; sensatez; sensibilidad… De repente, deja de arrastrarse y se queda en una esquina. Yo no puedo dejar de mirarlo, aunque tímidamente miro de reojo y veo que saca un cuaderno parecido al mío y un lápiz como de carboncillo. Veo como sus largos dedos cogen el lapicero y lo deslizan por la hoja como si se estuviera acariciando una mano, con antiguas dunas de arrugas que te van contando el paso del tiempo. Retomo la escritura: “Mis ojos me avisan de la verdad de la gente, de las ganas de…”. Sólo han pasados unos segundos, me quedo perplejo. El muchacho se pasa de las manos a la boca el lápiz y sigue trazando no sé qué, aparentemente con una ternura que me impresiona; como sí la vida se acabara en ese mismo momento. Mis ojos siguen su ritmo. De pronto, se para en seco y dirige su mirada a la mía. Posiblemente se había fijado en mi curiosidad. Mis piernas empiezan a temblar, siento pinchazos en las rodillas y el pecho, parece que la cabeza me va a estallar. Evoco las palabras y miradas de mi padrastro hundiendo mi autoestima y, consciente o inconscientemente contribuyendo a conformarme una personalidad insegura, miedosa y vulnerable. Sigo escribiendo…“De las ganas de ser escuchados, valorados, en definitiva queridos”.

Una voz suave y firme me habla, intuyo que puede ser él. Me dice que se llama Ekram, y le gustaría enseñarme algo a ver qué me parece. Sin levantar la vista respondo con palabras entrecortadas mi nombre y asiento con la cabeza. Abre su cuaderno y me muestra un dibujo de un tren, con un hombre dentro sentado en el suelo, con las piernas colgando; lleva una camisa de rayas; un pantalón azul y unas sandalias. Miro la lámina y seguidamente lo miro a él, entiendo que no hace falta que le diga nada, sólo quería mostrármelo, y sentir qué sensación le transmitía. Le enseño mi cuaderno y comienza a leerlo, y su cara va expresando diferentes sensaciones. Tímidamente nos lo intercambiamos. Seguidamente, coge su lápiz y comienza a trazar un dibujo que expresa lo que he escrito, y yo  escribo una historia sobre el dibujo que me ha entregado… se sonríe, le debe haber gustado: tenía tanto miedo de que le pareciese una tontería, incluso invisible para él, como lo ha sido para otros.

“Una mirada da sosiego”. Siento que la calma ha invadido nuestras almas. Cuántas personas en éste mismo instante, estarán necesitando esto, aquí y en cualquier otro país, continente; “estamos hecho del mismo barro”. Sé que necesito tener un amigo. Decidimos encontrarnos y apoyarnos. Aprender uno del otro, encontrar al menos  sosiego, y alguien con quien compartir el dolor del alma y del cuerpo.¡ quizá un breve relato con ilustraciones para empezar! Me siento bien. Nos escuchamos y valoramos. En  definitiva; nos respetamos y, hemos puesto en común esa habilidad que cada uno tiene. Ya no nos sentimos solos. Ah,¡ Su nombre significa “ lograr”, y la vida para mí empieza a tener sentido y sé que para él también. Por las noches miro la Estrella Polar y tengo fuerza para alcanzar mi sueño y, es posible que sea en Sarad.

Valencia Mayo 2018

Por Admin