M.ANTONIA

M Antonia Maza Gómez, ganadora 3º premio IX Concurso de  Relato Breve Avafi

MARÍA Y SUS DUDAS

A ti querida amistad

que a veces vienes y a veces vas

te dedico este relato

y aunque no tengo bastantes datos

de lo que es lo amistad con tesón y paciencia lo trataré de explicar.

Hace muchos años, en un pueblo minero de Castilla, vivía una muchacha llamada María: delgaducha, desgarbada, alta y algo atractiva.

María era muy tímida y con un complejo de inferioridad muy pronunciado. No tenía amigos, siempre se sentaba sola en clase y en el recreo no jugaba, se quedaba en un rincón y así se pasaban los días.

Pero un año todo cambió para María, al pueblo minero llegó una familia de pastores que todos los años hacían la trashumancia a distintas ciudades de España y ese año se trasladaron al pueblo donde vivía María. Con el matrimonio de pastores venían tres muchachos: una chica llamada Carmen y dos chicos. Enseguida María y Carmen congeniaron, se hicieron amigas y María era feliz, muy feliz. Por fin tenía a alguien a quien contar sus penas y alegrías, sus inquietudes, compartía con Carmen todo: su poca comida, su poca ropa, todo. Estaba contenta de haber encontrado a Carmen, de ser su amiga y confidente.

Año tras año aquellos pastores volvían al pueblo minero a pasar el invierno con todo el rebaño de ovejas y los tres muchachos. Carmen y María eran inseparables. Por fin María creía en la amistad, una amistad sincera sin trabas ni mentiras.

Un año María se enamoró de un muchacho del pueblo llamado Manuel, ella estaba muy a gusto con él pero no por eso dejó de ser amiga de Carmen, salían los tres juntos. Disfrutaban mucho los tres, pero Manuel pretendía que María le diera más…, ella se negaba, no estaba preparada para eso todavía. Manuel se enfadaba y Carmen lo consolaba diciendo que eso no tenía mayor importancia.

Un día Manuel quedó con María a solas y le dijo que se casaba con Carmen, que estaba embarazada y se tenían que casar. A María se le cayó el mundo a los pies, se quedó muda, blanca y se puso a temblar. Su mejor amiga, su amiga del alma con quien había compartido todo, sus más íntimos secretos, le hacía aquello, ella que idolatraba a Carmen y así le pagaba… dándole a Manuel lo que ella no le quiso dar en ese momento.

María dejó de ver a Carmen y a Manuel, se casaron y se marcharon del pueblo. En un espacio de tiempo muy largo María no se relacionó con nadie, tan solo se dedicaba a la casa y a cuidar de sus animales, sobre todo de su perra.

María dejó de creer en la amistad, dejó de buscar amigos, se encerró en sí misma y se prometió que jamás volvería a tener amigos, que jamás confiaría en nadie.

La joven se ahogaba en el pueblo, decidió marchar a la ciudad y un día de junio cogió lo poco que poseía y el poco dinero que tenía y se marchó. Al llegar a la ciudad todo se le hizo inmenso: el mar, los campos, las casas, todo era nuevo para ella. Enseguida encontró trabajo en una fábrica y se adaptó a la ciudad.

Pasaron unos años y conoció a Julián, hombre cariñoso y correcto como pocos. Él la ayudó a volver a confiar en los demás, a creer en las personas, a creer en la amistad. Al poco tiempo María se casó con Julián. Él tenía una paciencia enorme con ella, le enseñó a querer, a escuchar y sobre todo a como vencer el complejo de inferioridad que María había desarrollado durante su corta vida.

Así vivieron Julián y María veintiún años felices, despreocupados. Tuvieron dos hijos y María volvió a – sonreír y sentirse segura. Pero claro, la felicidad no puede ser eterna y un fatídico día de invierno la muerte le arrebató a María lo que más quería en el mundo, le arrebató a Julián.

María se desoló, se quedó otra vez sola, otra vez con sus miedos, con sus complejos y con su desconfianza hacia los demás. Tenía a sus hijos, se volcó en ellos, los educó lo mejor que pudo y supo y así fueron pasando los años, conociendo nueva gente, hablando con unos y con otros y con el paso de los años más se convencía que la verdadera amistad no existía, que era un bulo.

Maduró, se hizo mayor y seguía con su vida, su rutina y su trabajo, volcada en sus hijos, saliendo con personas que no le decían nada, que todo eran risas y buena cara pero que al final entre ellas mismas se criticaban y no había unión ni apego. María observaba, contemplaba atónita el día a día de los demás. Seguía sin confiar en nadie, seguía sin creer en la amistad, no entendía el concepto de amistad que tenían los demás. Ella pensaba que la verdadera amistad era compartir, era confianza, era cariño, pero eso no lo veía en las personas que conocía y trataba.

María siguió así durante mucho tiempo, hasta que un buen día conoció a unas personas. Eran un grupo pequeño pero lleno de bondad, un grupo que a María le llenó, le hizo sentir algo que desde mucho tiempo atrás no había sentido, que desde su infancia y juventud no había experimentado, un sentimiento de tranquilidad, de afecto, de creencia hacia los demás. Ese pequeño grupo no hacía preguntas indiscretas, acogieron a María sin ningún tapujo y escuchándola cuando ella hablaba. María se sentía a gusto con esas personas, cada una de distintas edades pero todas unidas como una piña en sus alegrías y penas.

María comenzó de nuevo a confiar en los demás, a creer de nuevo en la amistad, a sentirse a gusto con la gente y con ella misma. Por fin volvió a sentir la verdadera amistad, la que le hacía feliz, la que la comprendía y la apoyaba. María se volcó en esa amistad, dio todo lo que pudo a cambio y correspondió como mejor supo a la amistad que recibía de los demás.

Han pasado muchos años, María es muy mayor y con el paso de los años ha comprendido que la verdadera amistad es la del día a día, la que tu entregas sin pedir nada a cambio, la que te sale del alma, la que está siempre ahí, la que no te abandona ante una adversidad. María por fin cree en la  verdadera

AMISTAD.

 

Autora: Mª Antonia Maza Gómez (socia de Avafi)