LYDIA

Lydia López Escribano, ganadora del IX Concurso de Relato Breve Avafi.

MIEDO A LO DIFERENTE

Las personas estamos hechas de costumbres y manías. De ahí el desasosiego que experimentamos al por fin poder tomarnos nuestro café en la mañana; porque sino no somos personas durante el día, dormir con la puerta abierta o ir cada lunes a comprar. Vestimos de forma correcta y discreta por no llamar la atención y obtener comentarios negativos. Cada vez que nos sacan de nuestro confort sentimos angustia. Ese miedo a lo diferente que nos inculcan desde pequeños. Tenemos que ser racionales y competitivos. Hay que ser el mejor en todo, tener éxito y codearse de aquellas personas que te ayuden en eso. Tener la aprobación de todos. Y si no la obtenemos, sentimos frustración.

A John Lennon cuando iba a la escuela le preguntaron que quería ser de mayor. Él respondió que quería ser feliz. En cambio le dijeron que él no entendía la pregunta. Pero John respondió, que ellos no entendían la vida.

La fibromialgia me ha hecho sentir demasiada impotencia y frustración. Incluso mucha culpabilidad. Soy una persona, con dolor crónico sin pruebas que lo detecten. Todo el mundo me ve aparentemente bien. Se hace la interpretación de como no hay causa es psicológico. Y hay un pequeño paso para decir, te lo provocas tú misma. Todos los afectados sabemos de sobra que no es así. Pero por comentarios de otras personas hemos llegado a interiorizar esa culpabilidad.

Ese miedo que tiene la sociedad a lo diferente ha hecho que provoque mucho rechazo hacia la fibromialgia. Una persona que tiene roto un brazo se entiende que no pueda jugar al tenis, pero si a mi me duele todo y no ven el motivo de por qué no puedo jugar, piensan que es mentira y produce aun más rechazo.

A mi edad supuestamente toca ir de fiesta, beber, quedarse sin dormir, estudiar mucho, no tener casi tiempo para uno mismo etc. Nos tienen dicho que a cada edad toca una cosa. Tal vez por la fibromialgia no esté viviendo lo que toca. Pero también un niño de Siria no está teniendo la infancia que le toca por otro motivo muy distinto. Ha habido personas que no han querido mi amistad porque no entienden porque no puedo ir a clase y al verme se me ve aparentemente bien, luego están esas personas que lo saben todo: prueba el yoga, no te tomes las cosas tan a pecho, ejercita la mente, ponte frío en la cabeza, relájate, prueba estas hierbas te irán bien etc. Y creen que lo mío es falta de interés.

Pero este padecimiento que sufro me ha dado otras muchas cosas. Hablando de amistad, aunque no sea una relaciones públicas, ha dejado en mi vida unas pocas personas sinceras de corazón. Que aunque no entiendan o quieran entender a su manera lo que es esta enfermedad o como me pueda sentir. Son personas que no tienen miedo a lo diferente y que tienen la mente abierta para poder respetar mis limitaciones a la hora de salir y que son tolerantes a mi modo de vivir mi vida.

Tal vez sea una tortuga lenta en una sociedad de rápidos caballos. Pero esos pequeños pasos los doy intentando ser feliz y disfrutando de esas pequeñeces que te da la vida. Y gracias a la fibromialgia quedan esas personas que miran más allá y no se quedan con una sola carta de presentación de mi enfermedad. Sino que ven como soy realmente, que en algunas cosas puede que sea diferente. Pero que en mi diferencia me hacen sentir feliz. Cada vez disfruto más el salir. Aunque sea solo para sentarme y tomar algo. En ese momento me evado de mi dolor y me siento genial. Me siento feliz.

Recuerdo que una vez mi profesora de religión nos dijo en clase que un animal no puede ser tu amigo. Pero en eso se equivocaba. Para mí, mi mejor amigo fue Boris. Un pequeño peludo que desgraciadamente ya se fue. Llegó a mi vida un día de navidad cuando yo solo tenía 6 años. Un día antes de que viniese, me acuerdo que mi madre me lo contó y yo no me lo podía creer, era lo que siempre había querido. Pero lo que aun no sabía era lo mucho que lo querría y lo importante que sería para mi. Queramos o no estos peluditos nos pueden dar muchas lecciones. Él estuvo siempre ahí, para jugar, para dormir, incluso para cuando no iba a clase porque me encontraba mal. Nunca hizo preguntas, nunca me exigió que hiciese nada (solo que le diese comida y le rascase). Siempre estuvo ahí, a mi lado, intentando que yo fuera feliz. No importaba como estuviese o me sintiese; él siempre me saludaba como si no hubiese un mañana. Al irse dejó muchos vacíos en mi vida.

Murió por enfermedad, pero hasta su último día no supe que lo estaba. Se le veía feliz, dormilón y que tenía un morro tremendo. Pero me enseñó que hay que levantarse alegre como si sólo quedase ese día, que en momentos difíciles con quedarse es suficiente y que muchas palabras sobran. Él estuvo antes de mi aventura con la fibromialgia y siguió después. Tratándome igual. Porque era mi amigo y eso es lo que hacen los amigos apoyarse en lo bueno y en lo malo.

Él no tuvo miedo a lo diferente, él sabía como era yo. Y se quedó.

Muchas veces hay que dejar de lado y hacer caso omiso a aquellas cosas que nos dicen que debiésemos de hacer o donde tenemos que llegar. Porque a paso lento y firme antes o después se llega, pero pocos llegan teniendo amistades sinceras que los hacen felices.

No todo lo que nos enseñan es real. Lo que sí es real que sin tener miedo a lo diferente e intentando ser feliz, llegaran a nuestra vida personas que no muestren rechazo y que nos brinden su amistad. Ya sea en forma de hermanos, padres, compañeros de vida, peluditos o personas de a pie. No importa de qué forma lleguen. Lo que importa es que se queden. Porque amistad es aceptar al otro en todas sus vertientes.

Autora: Lydia López Escribano (socia de Avafi)